28/9/16

La víctima identificó a Céparo dentro de la sala de torturas, en la Jefatura de Policía de la provincia

Se desarrolló la segunda audiencia en el debate que ventila el accionar del ex policía provincial, Atilio Ricardo Céparo contra una enfermera de Paraná, en el contexto de la última dictadura cívico militar. Una comitiva compuesta por los jueces Lilia Carnero, Roberto López Arango y Noemí Berros junto a Fiscalía, querellantes y el defensor, se trasladó hasta el domicilio particular de la víctima, donde le tomaron testimonio. La mujer pudo reconocer sobre un croquis la sala donde la torturaron dentro de la Jefatura de Policía, identificó a Céparo en ese lugar, y reconoció que hizo una primera denuncia en 1984. Además, cinco testigos -entre ellos el esposo de la víctima- relataron experiencias propias que describieron modos violentos de la patota policial y la persecución política del momento. Por otro lado, el ex policía de la provincia se ausentó este martes porque excusó sentirse “indispuesto”.

Atilio Ricardo Céparo no presentó ningún sobresalto cardíaco. Pero este martes no quiso ir al debate porque aseguró que desde la madrugada no se siente bien. Constituido el tribunal en la sala de audiencias, por secretaría se informó que Céparo llamó por teléfono para avisar que comprende la importancia de su presencia en el juicio pero su salud “está primero”. Su abogado defensor, José esteba Ostolaza, admitió que no estaba al tanto de la novedad y pidió comunicarse con su representado. “Es su derecho estar acá -reconoció-. Pero me dijo que se siente indispuesto y no tiene inconveniente de que continúe la audiencia sin su presencia”.

En las dos primeras jornadas ya declararon 11 testigos. Si bien en un primer momento la Fiscalía a cargo de José Ignacio Candioti había pedido una inspección judicial en la sede de la Jefatura de la Policía provincial, este martes se desistió de la medida, atento a que la propia víctima y otros testigos pudieron reconocer con claridad la disposición de espacios dentro del edificio de calle Córdoba, sobre un croquis que se realizó especialmente y consta en el expediente judicial.

La víctima dio un testimonio contundente este martes. En su domicilio, a donde fueron a verla los jueces, el fiscal, querellantes y el defensor, pudo marcar con precisión el lugar donde la vejaron dentro de la Jefatura de Policía de la provincia. Ubicó a Atilio Céparo dentro de esa sala, en plena sesión de tortura, y recordó que tiempo después, estando en libertad y dialogando con su compañera de vivienda, ambas reconocieron al ex policía provincial como uno de sus secuestradores.

La mujer también ratificó que presentó una primera denuncia en 1984, ante la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Ese documento fue presentada como una novedad este lunes en el inicio del debate, cuando la Fiscalía pidió su incorporación como prueba. La denuncia apareció hace pocos días en una carpeta de la causa Área Paraná -removida por una audiencia que hubo la semana pasada- y coincide con la declaración que más de 30 años después volvió a dar la víctima en sede judicial.

Para las próximas audiencias -miércoles y viernes de esta semana-, se espera poder completar más de una veintena de testimonios y cerrar la etapa de producción de pruebas. En ese marco también deberá decidirse sobre el reclamo de Céparo -67 años- para conseguir la prisión domiciliara. Aún no cumple con la edad necesaria para gozar de tal beneficio y si bien alega una afección cardíaca, los médicos judiciales consideran que en la Unidad Penal 1 -donde está alojado desde diciembre de 2014, en uno de los pabellones más cómodos-, puede atenderse sin mayores inconvenientes.

Por enterrar libros

Cuando la víctima denunció e inició esta causa, una de las precisiones que dio es que cuando estuvo detenida en la Jefatura de Policía de la provincia, un domingo llegaron los primos Oscar Eduardo Tissera y Arturo Fernández. Ambos hombres declararon este martes como testigos y contaron cómo fueron secuestrados por policías de la provincia el 26 de septiembre de 1976.

Tenían no más de 20 años. Ambos estaban en la casa de su abuelo, en Paraná, un domingo después del mediodía. Juntos habían enterrado en el patio unas cajas de galletitas Terrabussi, donde pretendían atesorar los libros de su abuelo, un militante comunista que ya había muerto. Estaban bañándose, uno adentro de la vivienda y el otro en una pileta, afuera, cuando llegó un grupo compuesto por más de 10 personas. La mayoría llevaba uniforme pero algunos vestían de civil. De forma violenta y portando armas, los policías interrogaron a los dos muchachos de manera individual, en el dormitorio de la casa. Les preguntaron dónde habían enterrado las armas. Luego los subieron a un auto y los llevaron a la Jefatura de Policía. Allí los separaron y los sometieron a interrogatorios torturándolos con picana eléctrica.

En busca de información sobre las supuestas armas escondidas, los policías también allanaron la casa de Arturo Fernández, donde vivía con su madre y su hermana. Habían cerrado toda la manzana y nadie podía pasar. “Mi mamá y mi hermana justo no estaban en la casa pero cuando volvieron los policías estaban en pleno movimiento y también se las llevaron presas. Las dos terminaron en la Jefatura de Policía y no sé todo lo que les hicieron. Sí recuerdo que cuando pasé por el patio central de la Jefatura porque me llevaban a la sala de tortura, ví a mi mamá, a mi hermana y otro mujer. Estaban las tres sentadas”, contó Fernández.

Ambos testigos coincidieron en la narración de los hechos. Después de ser torturados en la Jefatura de Policía de la provincia, fueron llevados a la Comisaría Segunda. Ahí estuvieron unos dos días y fueron tratados con más amabilidad, según describieron. “Un día vino un policía y nos dijo que nos iban a llevar a la Unidad Penal y que no dependíamos más de ellos, que pasábamos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, asentó Tissera. Después fueron trasladados al penal de Gualeguaychú y de ahí, en un viaje de avión que los dos hombres describieron como muy violento, los alojaron en la Cárcel de Coronda.

“En el avión nos sentaron encapuchados en el piso, nos ataron con cadenas y nos golpearon. En Coronda estuvimos hasta el 22 o 23 de diciembre del ’76, cuando nos hicieron firmar la libertad. Nos trajeron en un colectivo hasta el Ejército donde nos dio un discurso el general (Juan Carlos) Trimarco. Nos arengó y nos dijo ‘que sea la última vez’”, describió Tissera.

“Nada justifica lo que pasó. Todos los que en ese momento tuvieron alguna función son cómplices porque si no participaron directamente, sabían lo que pasaba”, lamentó Tissera. Posteriormente, cuando Fernández terminó su relato frente a los jueces sintetizó: “Me sentí culpable por enterrar libros. No puedo describir lo terrible que es la tortura, pero si hubiese podido cambiar un año de prisión para que un día no me torturen, lo hubiese hecho”.

Céparo y Zapata, los policías de los traslados

María Cristina Lucca y Marta Brasseur fueron detenidas en Cipolletti, Neuquén. Fueron alojadas y torturadas en el centro clandestino La Escuelita de aquella provincia. Luego fueron trasladadas a Paraná. Unos días estuvieron en la casa del director, en la Unidad Penal número 1 de varones, luego fueron alojadas en frente en la Unidad Penal número 6 de mujeres. Allí esperaron el juicio que les hizo el Consejo de Guerra en Paraná. Luego de una fuerte condena que recibieron, fueron trasladadas a la Cárcel de Devoto, donde estuvieron hasta casi entrada la democracia.

Las mujeres dieron cuenta este martes que para ser sometidas al Consejo de Guerra, fueron buscadas de la cárcel de mujeres por dos policías de la provincia, quienes en presencia de la directora Teresita de Giménez, las obligaron a firmar una declaración que no pudieron leer. Luego fueron trasladadas por esos oficiales para ser enjuiciadas por el Consejo, compuesto por integrantes de todas las fuerzas.

“Estado en la UP6 un día me llevaron para adelante, para firmar una declaración que no pude leer. Allí estaba (Carlos Horacio) Zapata y Céparo. Después nos llevaron al Consejo de Guerra y creo que la condena que nos impusieron tiene que ver con esa declaración. Nosotros sabíamos quiénes eran, porque en las charlas con otras internas y con las celadoras salían los nombres de quienes nos interrogaban y nos trasladaban” aseveró Brasseur.

Detrás de la escuela Condarco

La pareja de la víctima, Oscar Ismael Sosa, también testimonió este martes frente a los jueces del TOF de Paraná. Contó que cuando conoció a su esposa, ninguno sabía que había sido atrapado por los tentáculos del terrorismo de Estado y torturado por las fuerzas que devastaron el orden democrático.

“Nos conocimos sin saber que los dos habíamos sido detenidos años atrás. Un día, al principio de nuestra relación, ella me contó que siendo enfermera en el Sanatorio La Entrerriana una mañana la llevaron a la Jefatura de Policía por averiguación de antecedentes o algo así. Me relató que el policía que la fue a buscar se saludó con el marido de una paciente. Después de la Jefatura la llevaron a una comisaría de ahí la sacaron algunas veces para interrogarla con apremios ilegales. Me dijo que una semana después la dejaron libre y le pidieron disculpas. Ella no sabía por qué la habían detenido, no era militante ni nada. Pero supuso que era porque unos días antes se habían llevado también a su amiga, con quien compartía la vivienda. Además porque conocía gente de la JP y montoneros, y tal vez pensaban que ella, como enfermera, tenía algún rol o función en una estructura”, recordó el testigo.

El hombre también marcó el episodio por el cual a su pareja, estando en sesión de tortura, se le cayó la venda de los ojos y pudo reconocer a Céparo como una de las personas que le ataba los pies a la cama de metal donde la estaban torturando. Sobre el mismo punto, Sosa recordó que su esposa le comentó que estando en libertad, cruzó a Céparo en la calle y también lo identificó.

Por otro lado, el testigo recordó cuando fue detenido y el derrotero que sobrevino posteriormente. “Tenía 18 años. Vivía en mi casa con mis padres y una mañana se presentaron tres o cuatro personas de Investigaciones de la Policía provincial, así se identificaron. Yo estaba durmiendo y se lo llevaron a mi padre por equivocación. Al rato vinieron a buscarme y me llevaron a una dependencia de la Policía -donde actualmente funciona el Museo de Bellas Artes-. Ahí lo liberaron a mi papá. A mí me llevaron a la Comisaría Cuarta y me sacaron dos veces para interrogarme. Después me llevaron a la Tercera y me dejaron en una celda. Estando ahí creo haber reconocido al ex vicegobernador (Dardo Pablo) Blanc. Un día me encapucharon y pasearon por caminos de tierra en un auto hasta que llegamos a un lugar alejado. Ahí me crucé en un pasillo con una persona que se quejaba. Me sentaron en una silla y me golpearon preguntándome por la agrupación en la que militaba que se llamaba ‘Poder Obrero’. También me preguntaban por las actividades en la escuela y por la fábrica de llaves. Me preguntaban por las armas pero yo no sabía nada”, recordó.

Después de la sesión de tortura lo dejaron solo esperando en una habitación vacía, cuando el hombre se animó a correrse la venda de los ojos y mirar el lugar donde estaba. “Era una casa grande y en mal estado. Afuera había un perro atado que ladraba. Se escuchaban autos que iban y venían, como de una ruta que pasaba cerca. Años después entré a trabajar en alumbrado público de la Municipalidad y un día me mandaron a cambiar luminarias detrás de la Escuela Condarco. Estando arriba de la escalera divisé atrás de la escuela una casa grande y vieja y creo que fue ahí donde me torturaron”, cerró.

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